¿Quién decide que todo ésto se acaba? ¿Y por qué así? ¿Y por qué éste o aquel?
Sea como sea, todo llega a un final, tardío o prematuro. Y le toca a quien le toca.
La pregunta del día ha sido: ¿es una persona cercana? Alguien me ha sorprendido diciéndome que esa persona se trataba méramente de una tercera. Y yo me pregunto: ¿Qué más da eso? ¿No es suficiente explicación que yo sienta la muerte de una persona? Es obvio que si se tratase de alguien muy lejano nunca en la vida habría dado el paso de quererlo, ni si quiera de pensar en él. No es alguien lejano. Ni cercano. Es alguien que durante unos años estuvo ahí y que demostró su valía, y es por eso que, cuando ya no está, lo sientes. En el estómago, el corazón y la cabeza. En la medida que sea (porque cada uno tenemos ciertas medidas incontrolables).
No voy a quitar peso a un sentimiento por lejano que sea, porque algún día fue parte de mí y de mi adolescencia. En parte, por poco que sea, esa persona, seguro, ha hecho que yo cambiase en algún aspecto (y tratándose de la persona que es, para bien).
E, incluso llegado a este punto, es difícil decir lo que se siente en casos así. Por eso usamos siempre las mismas palabras, que, dada la situación, acaban sonando acorde con el ambiente. Únicamente me siento agradecida en momentos así, porque sé que se me brinda la ocasión de seguir, al menos, un día más rodeada de las personas que quiero y que me quieren, y que me besan, me cabrean, me hacen reir y me hacen llorar.
Éste no es más que otro punto de inflexión en nuestra vida,
y otra vida para Sara.
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